Intención oculta, o por qué hacemos lo que hacemos (de verdad)

Existen dos motivos por los que las personas hacen las cosas: uno que suena bien… y otro que es el verdadero. Dale Carnegie, escritor y conferencista estadounidense, pionero en el estudio del desarrollo personal y las relaciones humanas, lo formuló hace casi un siglo, pero la frase sigue incomodando hoy porque toca algo profundo. Vivimos contando historias sobre nuestras acciones que no siempre coinciden con lo que realmente nos mueve. No es solo una cuestión de honestidad con los demás; es, sobre todo, una cuestión de honestidad con uno mismo.

En este artículo quiero explorar precisamente ese territorio incómodo; la distancia entre la razón que decimos y la intención que de verdad nos empuja a actuar. Y, sobre todo, cómo esa intención —consciente o subconsciente— es el puente entre nuestro mundo interno (creencias, pensamientos, emociones) y nuestras conductas. No para juzgarnos, sino para recuperar el mando sobre lo que hacemos y desde dónde lo hacemos.

Las 2 razones: la oficial y la verdadera

Piensa en la última vez que dijiste “no tengo tiempo” para algo que, en el fondo, sabías que era importante. Toma como ejemplo el ver a un amigo o amiga, hacer ejercicio, tener una conversación pendiente con alguien. La razón que suena bien es impecable, es -la mayoría de las veces- incontestable; la agenda, el trabajo, las obligaciones. La verdadera intención suele ser otra; a veces tratamos de evitar una incomodidad, huir de una emoción, postergar una decisión, etc.

Carnegie señalaba que solemos construir una versión aceptable de nuestros motivos, algo que encaje con la imagen que queremos sostener ante los demás… y ante nosotros mismos. Una parte nuestra hace de portavoz de esta “versión oficial”: explica, justifica, racionaliza. Mientras tanto, en un nivel más profundo, hay otras partes menos cómodas que se resisten por miedo al rechazo, necesidad de aprobación, deseo de control, hambre de reconocimiento y evitación del dolor.

No es que la razón que suena bien sea siempre mentira; muchas veces contiene una parte de verdad. El problema es que rara vez es TODA la verdad. Entre lo que digo que me mueve y lo que realmente me mueve, suele haber un “diferencial de honestidad” que marca la calidad de mi relación conmigo mismo. Cuando ese diferencial es muy grande, aparece la sensación de estar desconectado, de vivir en automático, de actuar como si fuese otro quien toma las decisiones por mí.

Para entender mejor este juego de motivos, necesitamos detenernos en la palabra clave “intención”. Cuando hablo de intención no me refiero a un deseo abstracto o a un “propósito” grandilocuente, sino a algo mucho más concreto. Me refiero al impulso interno que conecta lo que siento, lo que creo y lo que pienso con lo que finalmente hago.

Podemos imaginar la intención como un vector invisible que une dos puntos:

  • Punto A: tu estado interno en este momento —tus emociones, tus sensaciones corporales, tus creencias activas, tu diálogo interno.

  • Punto B: la acción que terminas realizando —lo que haces, lo que evitas, lo que postergas, lo que dices o callas.

Entre esos dos puntos, la intención hace de cable conductor. A veces es clara y consciente: “Quiero tener esta conversación porque necesito poner un límite sano”. Otras veces es difusa, casi opaca: “No sé por qué reacciono así… simplemente me sale”. En el primer caso, somos capaces de ponerle palabras al vector. En el segundo, la intención opera en un nivel más profundo, aprendido y automatizado, como un reflejo.

Desde la psicología sabemos que buena parte de nuestras decisiones se toman en sistemas rápidos, emocionales, automáticos. Esa maquinaria interna se activa al ritmo de nuestras emociones:

Cuando el miedo sube, se activa el modo de protección

…cuando la vergüenza aparece, el modo ocultarse

…cuando la culpa pesa, el modo compensar

La intención real de muchas de nuestras acciones es, entonces, regular o evitar estados internos que nos resultan difíciles de sostener. Aunque la historia que contamos después suena mucho más elegante.

Una fábrica de razones

Hay una parte nuestra, la encargada de sostener el personaje que nos hemos montado y la narrativa autobiográfica, que no soporta los vacíos ni las incoherencias. Cuando algo no encaja —entre lo que sentimos en el cuerpo, lo que hacemos y la imagen que tenemos de nosotros mismos— esa parte genera relatos que den sentido a la experiencia. Es su forma de restaurar una sensación de continuidad y control.

Por eso, después de actuar, en ese campo aparece una especie de “rueda de prensa interior” donde se presenta la versión oficial de los hechos. Surgen preguntas del estilo de:

¿Por qué dijiste que no?

¿Por qué no fuiste?

¿Por qué explotaste?

¿Por qué no te atreviste?

¿Por qué sigues en un lugar que ya no te hace bien?

Y en esa rueda de prensa, esa parte egoica y protectora del personaje, encuentra argumentos, detalles y escenas que hacen muy creíble la historia.

El problema no es que aparezcan historias; eso es parte natural de cómo se configura nuestra experiencia. El problema aparece cuando tomamos esas narraciones como si fuesen toda la realidad. En ese momento perdemos acceso a la intención real que había detrás del comportamiento. La razón que suena bien se convierte en pantalla, en ruido blanco que tapa la información más valiosa:

¿Qué emoción estaba movilizando al cuerpo?,

¿qué creencia subyace a esa emoción?,

¿qué necesidad estaba intentando encontrar una vía de expresión?

Un ejemplo sencillo:

Alguien dice “ayudo mucho a los demás porque soy generoso”. Puede ser cierto en parte. Pero si afina la percepción de su experiencia interna, quizá descubre que en ese mismo campo también se reflejan el miedo a sentirse prescindible, la necesidad de ser valorado, o la dificultad para sostener el propio vacío. Mientras se quede solo con la versión oficial —“soy así, me encanta ayudar”— le resultará difícil ver el coste oculto; que en este caso puede ser resentimiento, agotamiento y la incapacidad de poner límites.

Intención consciente e intención subconsciente

Podemos seguir diferenciando dos niveles de intención, pero ahora mirados desde este campo de experiencia:

  • Intención consciente: aquello que puede emerger con nitidez cuando la persona dirige su atención hacia el interior para percibir la totalidad de la información que motiva la conducta. Por ejemplo: “Quiero emprender este proyecto porque me ilusiona aprender y crear algo propio”.

  • Intención subconsciente: patrones más antiguos que también se reflejan en ese campo, pero de forma más sutil u oculta; son hábitos de respuesta que el sistema nervioso ha aprendido al tratar de adaptarse al entorno. Por ejemplo: “Quiero mostrar que valgo, demostrar que no soy un fracaso como temí de pequeño”.

Ambas capas coexisten en la misma escena interna. Rara vez actuamos desde una sola intención. Lo que ocurre es que solemos registrar con claridad solo la más presentable, la que encaja con la autoimagen que queremos sostener. La otra queda en la penumbra de la mente, pero no deja de estar ahí aunque no sea reconocida.

Que una intención sea subconsciente no la convierte en “mala”; simplemente, aún no se ha hecho completamente visible para la conciencia. Puede contener miedos legítimos, necesidades muy humanas y formas de protección que en su momento fueron adaptativas. Cuando dejamos de percibir estas capas, el patrón aprendido sigue manifestándose a través del cuerpo, las emociones y la conducta, pero sin que lleguemos a verlo con claridad. Es ahí cuando sentimos que “algo en mí decide por mí”. En palabras de Charles Jung:

Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, éste dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino”

La clave no está en expulsar esas intenciones, sino en iluminarlas: permitir que aparezcan en el campo mental con más definición, hasta poder decirnos:

Vale, también me mueve esto. No es perfecto, pero es real. ¿Qué hago ahora con esta verdad?

Si pensamos en lo denominado “sombra psicológica”, podemos entender que es allí donde se ocultan muchas de nuestras intenciones. Desde esta perspectiva, podemos verla como partes nuestras que hemos aprendido a no mirar o a reprimir. Son aspectos nuestros que tienen deseos, miedos, ambición, vulnerabilidad, y que chocan con la imagen que queremos sostener. Es por ello que las mantenemos en un segundo plano de la atención.

Muchas de las verdaderas intenciones de nuestras acciones se manifiestan precisamente ahí, en la periferia del campo de experiencia que conocemos como “mente”. Se insinúan como sensaciones corporales, impulsos breves, pensamientos fugaces, pequeñas incomodidades que tratamos de tapar con una explicación más “correcta”. Cuando decimos que actuamos “por amor”, puede que en esa zona menos iluminada también aparezca miedo a estar solos. Cuando hablamos de “responsabilidad”, quizá también emerge un deseo de controlar. Cuando nombramos “humildad”, puede estar escondido el temor a brillar y ser vistos.

Intentar vivir solo desde la parte luminosa de la experiencia hace que nuestras acciones se vuelvan rígidas, llenas de “tengo que” y “debería”. La intención real —esa mezcla concreta de miedo, deseo, necesidad de seguridad— sigue reflejándose en el campo, pero como no le damos un lugar explícito, se expresa de formas torcidas: sabotaje, procrastinación, explosiones emocionales, decisiones que luego “no entendemos”.

Mirar la sombra, en este marco, es ampliar el ángulo de visión de la experiencia, enriquecer nuestra perspectiva. Poder notar que, en la misma escena interna, coexisten varias capas: “Quiero ayudar” y a la vez “quiero sentirme necesario”; “quiero estar para ti” y a la vez “tengo miedo de que me dejes”; “quiero ser honesto” y a la vez “me asusta perder tu aprobación”. Cuanto más espacio damos a estas verdades simultáneas dentro del campo mental, menos necesitan gobernar desde detrás del telón, desde la sombra.

De la autojustificación a la autoobservación

El movimiento clave, si queremos acercar la razón que suena bien a la verdadera, es cambiar la manera en la que nos relacionamos con ese campo de experiencia que es la mente: pasar de usarlo para justificar, a utilizarlo para observar.

La autojustificación se centra en organizar el discurso alrededor de “tener razón”; selecciona datos, recuerdos e interpretaciones que sostengan la historia oficial. La autoobservación, en cambio, busca ver la totalidad de lo que aparece: sensaciones corporales, impulsos, emociones, imágenes, pensamientos, sin maquillarlos pero también sin condenarlos.

Algunas preguntas que ayudan a este cambio de relación con la experiencia son:

  • Antes de una acción importante (o justo después):
    “Si presto atención a todo lo que está pasando en mí ahora mismo, ¿qué quiero conseguir de verdad con esto?”

  • Cuando aparece una intención que incomoda:
    “¿Qué parte de mi experiencia está hablando aquí? ¿Qué intenta proteger o conseguir este impulso?”

  • Cuando noto que estoy fabricando excusas:
    “¿Qué sensación corporal o emoción intento no sentir ahora mismo?”

Estas preguntas no pretenden que te quedes atrapado en una observación obsesiva, sino abrir un poco más el foco de ese campo de observación interna. Ese espacio extra de conciencia es el que permite que la intención real se vuelva visible y, por tanto, trabajable. Mientras esa intención permanezca fuera de foco, quien responde es el hábito; el piloto automático; pero cuando empieza a entrar en foco, puedes responder tú.

Entrenar la intención elegida

Reconocer las verdaderas intenciones que se reflejan en tu campo mental es el primer paso. El segundo es empezar a elegir desde qué intención quieres alinearte en cada acción concreta.

No para silenciar las otras capas, sino para poder darles un lugar sin dejar que tomen el control automático. Por ejemplo:

  • “Noto una parte de mí que quiere decir que sí para no generar conflicto, y otra que necesita cuidar su energía. ¿Qué decisión se siente más coherente con la persona que quiero ser hoy?”

  • “Percibo el impulso de corregirle para tener razón, y al mismo tiempo un deseo genuino de que nos entendamos mejor. ¿Desde cuál voy a hablar?”

Este tipo de discernimiento es un entrenamiento de la atención y de la intención. Cuanto más lo practicas, más sensible se vuelve tu percepción a las distintas capas que aparecen en el campo mental: la razón que suena bien, los miedos de fondo, los deseos legítimos, las heridas activadas. Y poco a poco, puedes ir eligiendo acciones que integren todo eso en vez de negar una parte.

Actuar desde una intención elegida no significa que desaparezcan el miedo o la necesidad de pertenencia. Significa que, al verlos como contenidos de tu experiencia y no como “la verdad absoluta”, puedes relacionarte con ellos de otra manera. Dejas de ser arrastrado por lo que impulsa una conducta desde tu subconsciente, para convertirte en alguien que participa activamente en cómo responde a lo que aparece.

Cuando las 2 razones empiezan a coincidir

En este marco, la frase de Carnegie se vuelve casi una invitación contemplativa: observa las 2 razones que emergen en tu campo mental cuando haces algo —la que suena bien y la que es más cruda— y mira qué distancia hay entre ambas.

Cuando esa distancia se reduce, se produce una sensación de mayor coherencia interna. No porque tu experiencia se vuelva “pura” o “perfecta”, sino porque hay menos división entre lo que aparece dentro y lo que reconoces como propio. Tus decisiones se sienten más alineadas, tus “sí” y tus “no” tienen menos ruido de fondo, tus relaciones ganan honestidad porque ya no necesitas sostener tanto teatro interno.

Has de saber que es un proceso que implica incomodidad; requiere permitir que entren en foco intenciones, emociones y necesidades que quizá llevaban años relegadas en la periferia de tu campo de experiencia. Pero esa misma incomodidad es también señal de que algo real está emergiendo.

La próxima vez que notes que estás formulando una explicación impecable sobre por qué haces lo que haces, puedes abrir un instante de silencio hacia dentro y preguntarte: “¿Qué más está apareciendo en mí que no estoy nombrando? ¿Cuál es la otra razón?”. No para juzgarla, sino para incluirla. Porque cuanto más completas son las imágenes que ves en el campo de tu mente, más margen tienes para decidir cómo quieres vivirlas.

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