El confort mata
No me refiero a una muerte literal. Me refiero a algo más silencioso y, quizá por eso, más peligroso:
la muerte de la vitalidad, de la curiosidad, del impulso de crecer, de la sensación de estar realmente vivos.
El confort, cuando se vuelve permanente, no nos destruye de golpe. Nos va adormeciendo.
Nos instala en una planicie emocional donde nada duele demasiado, pero tampoco nada entusiasma de verdad.
Y poco a poco, sin darnos cuenta, dejamos de expandirnos.
La vida, sin embargo, no está diseñada para la estabilidad absoluta. Está diseñada para la adaptación y florece en la frontera de la incomodidad.
Hórmesis, el estrés que nos fortalece
Esto puede resultar una paradoja, y a la vez es tan cierto como poético.
En biología existe un principio ampliamente documentado llamado “hormesis”. Describe un fenómeno sencillo y profundo: pequeñas dosis de estrés activan mecanismos de reparación y fortalecimiento en los sistemas vivos.
A dosis bajas, el estrés no daña: estimula.
A dosis altas y sostenidas, destruye.
Esta relación —una curva en forma de U invertida— fue descrita formalmente por Chester Southam y John Ehrlich en 1943, al observar que ciertas toxinas vegetales estimulaban el crecimiento de hongos en bajas concentraciones y lo inhibían en altas. Décadas después, el toxicólogo Edward Calabrese sistematizó miles de estudios mostrando que este patrón se repite en células, tejidos y organismos completos.
La implicación es enorme. Quiere decir que nuestro cuerpo necesita estímulos que lo saquen del equilibrio para activar procesos de adaptación.
Algunos ejemplos:
El músculo se fortalece porque sus fibras se rompen ligeramente bajo carga y luego se reparan.
La exposición breve al frío activa proteínas de choque térmico y mecanismos antiinflamatorios.
El ayuno intermitente activa procesos de autofagia y reparación celular.
Cuando esos estímulos desaparecen —cuando la vida es siempre templada, siempre sentados, siempre abastecidos, siempre cómodos— el organismo entra en un modo de bajo mantenimiento adaptativo. No se fortalece. Se conserva… hasta que deja de poder responder.
Algunos investigadores en envejecimiento hablan de reducción del “espacio homeodinámico”; la capacidad del cuerpo para moverse entre distintos estados fisiológicos se vuelve cada vez más estrecha. Dicho en sencillo: en la búsqueda de seguridad, nos volvemos más frágiles.
El confort como anestesia psicológica
Nuestra sigue un funcionamiento similar al que acabamos de comentar. La psicología del bienestar lo explica como una adaptación hedonista: nos acostumbramos rápidamente a las mejoras externas. Un ascenso, una casa más grande, una vida más fácil… elevan el bienestar momentáneamente, pero pronto se convierten en el nuevo “normal”.
El problema no es solo que el placer o la sensación positiva se diluya. El problema es que, junto con el confort, también se diluye el impulso de exploración.
Cuando evitamos sistemáticamente la incomodidad:
dejamos de exponernos a lo desconocido,
reducimos la tolerancia al error,
estrechamos el rango de experiencias que nos transforman.
Y así, sin tragedias visibles, entramos en una vida funcional pero emocionalmente plana.
Puede que no infelices. Pero tampoco profundamente vivos.
Cuando la rutina se convierte en jaula
El confort no siempre se presenta como sofá y Netflix. Muchas veces se disfraza de patrones conocidos.
El mismo tipo de relaciones.
Las mismas conversaciones internas.
Las mismas decisiones profesionales.
Las mismas excusas razonables para no movernos.
No porque sea lo que más deseamos, sino porque es lo que conocemos y sabemos manejar.
Y el sistema nervioso ama lo predecible.
Incluso cuando lo predecible ya no nos nutre.
Así, el confort se convierte en un guardián del status quo.
Nos mantiene en lugares donde funcionamos, pero no donde florecemos.
La comodidad que erosiona la vitalidad organizacional
Esto no es solo un fenómeno individual. Las organizaciones también caen en la trampa del confort.
Mercados que aún funcionan.
Procesos que “siempre se hicieron así”.
Modelos de negocio que ya no entusiasman, pero todavía sostienen resultados aceptables.
Desde fuera, parece estabilidad.
Desde dentro, muchas veces es desconexión emocional, pérdida de sentido y erosión del espíritu emprendedor.
El investigador Christopher Kayes, en sus estudios sobre resiliencia en liderazgo, muestra que los líderes más efectivos no son los que evitan la incomodidad, sino los que aprenden a atravesarla y enseñan a sus equipos a hacer lo mismo. La resiliencia no se construye en la ausencia de tensión, sino en la exposición gradual a desafíos que exigen nuevas respuestas.
Cuando líderes y empresas evitan sistemáticamente el riesgo, el conflicto creativo y la experimentación:
la innovación se ralentiza,
el compromiso emocional disminuye,
la cultura se vuelve conservadora y defensiva.
Y algo más sutil ocurre: las personas dejan de sentir que están creciendo.
Pueden estar seguras. Pero no se sienten vivas.
Dónde ocurre la transformación
En casi todos los ámbitos donde hay desarrollo real —deporte, arte, ciencia, liderazgo, relaciones— el patrón se repite:
la transformación ocurre al cruzar un umbral de incomodidad.
Ese punto en el que el cuerpo quiere parar.
Donde la mente quiere volver a lo conocido.
Donde el ego preferiría no exponerse.
Ahí se activan:
nuevas conexiones neuronales,
nuevas habilidades emocionales,
nuevas narrativas internas sobre lo que somos capaces de sostener.
No es romanticismo. Es fisiología, es psicología, es experiencia humana repetida millones de veces. De allí la trampa en la frase: “me lo pide el cuerpo”.
Escuchar el cuerpo es sano, y a la vez hay que ser conscientes de que existe una lealtad bioquímica que le hace al cuerpo responder como responde o enviarte los mensajes que te envía. Muchas veces no es que tenga hambre a las 8.30AM; es que está acostumbrado a recibir una dosis de energía y se organiza para ello.
¿Pero qué pasaría si te saltaras el desayuno? ¿morirías de inanición?… muy probablemente no.
Entonces… ¿por qué decir que el confort “mata”?
Porque mata lentamente:
la capacidad adaptativa,
la curiosidad,
la audacia,
la sensación de agencia personal (o capacidad de actuación),
el contacto con nuestros anhelos más profundos.
Mata, en sentido existencial, la relación activa con la vida.
Nos deja funcionales, pero no vibrantes.
Estables, pero no expansivos.
Seguros, pero no plenos.
Te propongo detenerte un momento y preguntarte:
¿En qué áreas de mi vida estoy eligiendo comodidad por encima de crecimiento?
¿Qué conversaciones, decisiones o cambios estoy evitando porque me resultan incómodos?
¿Mi vida profesional me reta… o solo me sostiene?
¿Cuándo fue la última vez que hice algo que realmente me sacó de mis automatismos?
¿Qué parte de mí —más curiosa, más valiente, más viva— está quedando en pausa?
No para juzgarte. Para volver a escucharte.
Micro-rupturas de rutina
Salir de la zona de confort no siempre requiere decisiones radicales. Podemos poner en práctica pequeñas incomodidades que despiertan al sistema.
A veces empieza con gestos mínimos que rompen los automatismos del cuerpo y del cerebro:
Apoyar el otro pie primero al levantarte de la cama.
Lavarte los dientes con la mano no dominante.
Hacer 10 flexiones antes de entrar a la ducha.
Terminar la ducha con 60 segundos de agua fría.
Tomar una ruta distinta al trabajo.
Iniciar una conversación que sueles postergar.
Son gestos pequeños, pero envían un mensaje poderoso al sistema nervioso.
Le dicen: “no todo es automático, no todo está escrito, puedo adaptarme, hoy puedo elegir diferente”.
Estas micro-rupturas entrenan la flexibilidad mental y emocional.
Restauran la sensación de agencia.
Y, poco a poco, reabren el canal del crecimiento.
Conclusión
Elegir la vida que se mueve. No se trata de vivir en lucha constante, ni de buscar incesantes desafíos que nos tengan en tensión.
Se trata de no confundir comodidad con plenitud.
La vida no florece en el equilibrio perfecto, sino en el baile continuo entre desafío y recuperación, entre tensión y descanso, entre riesgo y aprendizaje.
Quizá no podamos eliminar el confort de nuestras vidas. Pero sí podemos ponerle consciencia para evitar que se convierta en nuestra jaula.
Porque al final, más allá del miedo, más allá de la incomodidad, más allá del esfuerzo… suele estar esperándonos algo profundamente humano:
la sensación de estar creciendo, de estar vivos, de estar en camino.
Aún y sabiendo todo esto, a veces se me olvida. De allí el truco recordatorio del post-it ;-)
Bibliografía:
Southam, C. M., & Ehrlich, J. (1943). Effects of extract of western red cedar heartwood on certain wood-decay fungi in culture. Phytopathology, 33, 517–524.
Calabrese, E. J., & Baldwin, L. A. (2003). Hormesis: The dose-response revolution. Annual Review of Pharmacology and Toxicology, 43, 175–197.
Brickman, P., & Campbell, D. T. (1971). Hedonic relativism and planning the good society. In M. H. Appley (Ed.), Adaptation-level theory: A symposium (pp. 287–302). Academic Press.
Diener, E., Lucas, R. E., & Scollon, C. N. (2006). Beyond the hedonic treadmill: Revising the adaptation theory of well-being. American Psychologist, 61(4), 305–314
Collins, S. (2024). Grow beyond comfort zones: Essential strategies for leaders. Shawn Collins Consulting