3’ para salir del piloto automático

Todos tenemos rutinas que ya no elegimos, solo repetimos.

Esta mañana, probablemente, has hecho varias cosas sin darte cuenta de que las estabas haciendo: preparar el café, mirar el móvil, recorrer el camino al trabajo, abrir el correo. No es malo. Es humano.

Pero ¿cuántas de las cosas que haces cada día las has elegido de verdad? No me refiero a las grandes decisiones, sino a las pequeñas: qué miras al despertarte, cómo empiezas a trabajar, a qué prestas atención cuando alguien te habla. Muchas veces no decidimos hacerlas. Simplemente, las hacemos.

El cerebro tiene mucho que ver en ello. Consume una parte importante de la energía de nuestro organismo y, para desenvolverse con eficiencia, aprende a automatizar las acciones que repetimos. Así libera recursos mentales que podemos dedicar a otras tareas. Es una capacidad extraordinariamente útil. El problema no es el automatismo en sí, sino dejar de cuestionarlo cuando las circunstancias han cambiado o cuando nos aleja de lo que realmente importa.

Porque podemos pasar buena parte del día haciendo lo que toca sin detenernos a pensar si es lo que queremos hacer. El cuerpo está aquí, pero la mente está repasando la conversación de ayer, anticipando la reunión de mañana o saltando de una notificación a otra. Terminamos una tarea y apenas recordamos cómo hemos llegado hasta ahí.

Un estudio de la Universidad de Harvard, publicado en 2010 por los investigadores Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert en la revista Science, exploró precisamente esta tendencia de nuestra mente a alejarse de lo que estamos haciendo. A través de una aplicación que preguntaba a miles de personas por su actividad, sus pensamientos y su estado emocional en distintos momentos del día, encontraron que la mente divagaba aproximadamente el 46,9 % del tiempo. También observaron que las personas tendían a sentirse menos felices cuando sus pensamientos estaban en otra parte que cuando prestaban atención a la actividad que realizaban.

Esto no significa que divagar sea siempre perjudicial. Nuestra mente necesita recordar, imaginar, planificar y explorar posibilidades. Tampoco significa que debamos prestar atención consciente a cada movimiento. Sería agotador y, en muchos casos, innecesario.

La cuestión es otra: ¿somos capaces de darnos cuenta de cuándo estamos actuando por inercia y decidir si queremos seguir haciéndolo?

Ahí empieza el autoliderazgo, al reconocer nuestros patrones y recuperar, cuando lo necesitamos, la capacidad de elegir cómo respondemos.

Y esa capacidad se puede entrenar.

No hace falta meditar una hora, cambiar radicalmente de hábitos ni reservar un espacio especial en la agenda. Podemos empezar introduciendo pequeñas pausas en nuestra rutina: momentos que nos ayuden a observar lo que hacemos y a decidir si queremos seguir haciéndolo de la misma manera.

Te propongo 3 prácticas sencillas. Puedes dedicar aproximadamente un minuto a cada una, repartidas a lo largo del día. No necesitas hacerlas todas desde el principio. Empieza por la que más te llame la atención.

1º acción: Introduce una pequeña fricción

Elige una tarea cotidiana que hagas casi sin pensar: lavarte los dientes, preparar el café, subir las escaleras o abrir el ordenador.

Durante un minuto, hazla de una manera diferente. Puedes utilizar la mano contraria, cambiar el orden de los pasos o, sencillamente, realizarla más despacio, prestando atención a cada movimiento.

Lo importante no es hacerlo mejor ni encontrar una forma más eficiente de completar la tarea. Es observar qué sucede cuando interrumpes la rutina.

¿Te impacientas? ¿Sientes el impulso de volver a hacerlo como siempre? ¿Tu mente se adelanta al siguiente paso mientras todavía estás realizando el anterior?

No necesitas corregir nada. Basta con darte cuenta.

A veces, descubrir hasta qué punto actuamos por inercia es el primer paso para dejar de hacerlo cuando ya no nos sirve.

2a acción: hazte una pregunta antes de actuar

La próxima vez que vayas a abrir una aplicación, consultar el móvil o responder un mensaje, detente unos segundos.

Antes de hacerlo, pregúntate:

¿Estoy reaccionando por inercia o eligiendo conscientemente esta acción?

¿Esta acción está alineada con lo que realmente importa para mí?

No hace falta que la respuesta sea siempre la misma. Puede que necesites consultar el correo, atender una llamada o tomarte un descanso. La intención no es juzgar tus decisiones, sino hacerlas un poco más conscientes.

Si sabes por qué vas a hacerlo, adelante. Si descubres que estás actuando por una urgencia difusa, por aburrimiento o simplemente porque has visto una notificación, puedes esperar unos segundos y decidir de nuevo.

El impulso quizá no desaparezca. No es necesario. Lo importante es que puedas reconocerlo sin obedecerlo automáticamente.

Entre sentir el impulso y actuar existe, en algunas ocasiones, un pequeño margen para elegir. Una pausa no garantiza que siempre tomemos la mejor decisión, pero puede ayudarnos a dejar de tomarla por defecto.

3a acción: observa un patrón al final del día

Antes de acostarte, dedica un minuto a recordar una acción que hayas repetido hoy sin pensar demasiado. Solo una.

Quizá has mirado el móvil cada vez que tenías un momento libre. Tal vez has respondido con impaciencia a una pregunta, has abierto el correo nada más sentarte a trabajar o has dicho que sí a algo sin detenerte a valorar si realmente querías hacerlo.

Anótala y hazte dos preguntas:

¿Qué me ha llevado a actuar así?

¿Quiero seguir haciéndolo de la misma manera mañana?

No necesitas encontrar una explicación definitiva ni proponerte cambiar de inmediato. Puede que descubras que el hábito tiene sentido y quieras mantenerlo. O quizá decidas introducir una pequeña variación.

Lo importante es pasar de repetir un patrón a observarlo y decidir qué hacer con él.

Ese gesto, aparentemente insignificante, es una forma de entrenar la atención y la capacidad de elegir.

No necesitas estar siempre presente

Estas tres prácticas no pretenden que vivas pendiente de ti mismo ni que conviertas cada hábito en una decisión consciente. Los automatismos son necesarios. Nos permiten conducir por un trayecto conocido, realizar tareas que dominamos y dedicar nuestra atención a cuestiones que sí requieren reflexión.

El objetivo no es eliminar el piloto automático, sino aprender a reconocer cuándo nos ayuda y cuándo empieza a decidir por nosotros.

Porque podemos acostumbrarnos tanto a responder a las exigencias del día que terminemos olvidando algo esencial: qué queremos hacer con nuestro tiempo, dónde queremos poner nuestra atención y qué clase de persona queremos ser mientras hacemos lo que hacemos.

No siempre podremos elegir las circunstancias, ni controlar lo que sentimos o pensamos. Pero sí podemos aprender a reconocer nuestros impulsos, cuestionar algunas respuestas habituales y abrir pequeños espacios para actuar de otra manera.

Y quizá eso sea suficiente para empezar.

Mañana, cuando prepares el café, abras el ordenador o cojas el móvil, prueba a detenerte un instante. No para hacer algo extraordinario, sino para darte cuenta de lo que estás haciendo.

Tres minutos repartidos a lo largo del día no van a transformar tu vida por sí solos. Pero pueden ayudarte a empezar a recuperar algo que a veces perdemos sin darnos cuenta: la capacidad de elegir cómo queremos vivirla.

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El buen liderazgo comienza por dentro